La filosofía Montessori es una forma de ver el mundo y de afrontar las actividades cotidianas.

En algún sitio he leído decir: “Mi madre, sin saberlo, era muy Montessori”. Es cierto: Hay gente que, sin conocer la pedagogía Montessori, comparte y aplica de manera natural gran parte de sus ideas. Pero ese no era el caso de mi madre… Hoy os contaré una anécdota de mi infancia que ella suele contar en cenas navideñas, pero permitidme empezar relatando otra historia: la que evocó en mi recuerdo aquella anécdota.

¿Cómo lava la cara un papá Montessori?

Como muchas mañanas, después de desayunar, hemos ido a lavar las manos y la cara. Como podéis ver en la imagen destacada de este post, lo hacemos en el bidé, que tenemos adaptado con un espejo y una toallita para que use como lavabo. Es una forma fácil y económica de adaptar el espacio, aunque hay otras opciones muy chulas, como éste lavabo Montessori que compartió @maretra_, utilizar una torre de aprendizaje para que use el lavabo de los adultos.

Hay gente que, sin conocer la pedagogía Montessori, comparte y aplica de manera natural gran parte de sus ideas.

Cuando llegamos al bidé le voy indicando los pasos: que abra el grifo, que moje las manos, que las frote, que se lave la cara, etc. Él me va haciendo caso y es una actividad que le gusta mucho. A veces le pregunto por el siguiente paso y él lo hace (o hace otra cosa, como lavar la toalla o descolgarla y volverla a colgar, que es una de sus misiones en la vida, junto a la de trasvasar cosas: Agua, arena, arroz, cuscús,…).

Entonces, no sé muy bien por qué – por jugar, supongo -, le he dicho: “¿Le lavas la cara a papá?”. Dicho y hecho. Cogió agua y me pasó la mano por la cara (literalmente, pero también en sentido figurado. Pronto entenderéis por qué).

El aprendizaje que subyace:

Aunque yo se lo pedí medio en broma, él no lo hizo jugando en absoluto. Él estaba concentrándose en realizar una actividad (lavarse las manos y la cara) que podríamos considerar como un fomento de su autonomía, autoconscienciaautocuidado y, al fin y al cabo, una actividad de vida práctica. Sin embargo, cuando me lavó la cara a mí, dejó de ser sujeto pasivo del cuidado. Ahora la actividad no es de autonomía, sino más bien de empatía, de cuidado del otro. Hemos aprendido que nos podemos cuidar los unos a los otros y que está bien que lo hagamos.

Creía que ayudándole a hacerlo sólo, estaba aplicando la filosofía Montessori, (“Ayúdame a hacerlo yo sólo”), pero lo cierto es que podemos ir más allá. Si queremos educar para la paz, como quería María Montessori, tenemos que educar en empatía y cuidados. Claro que sí.

Lavarse la cara bajo una filosofía opuesta a Montessori.

Vamos, ahora sí… a la anécdota de mi infancia:

Cuenta la leyenda (y es una leyenda que, como dije antes, suele contar mi madre) que cierto día, siendo yo ya bastante mayor (no sé la edad, pero iba al colegio, posiblemente a primaria y mi cabeza se alzaba un par de palmos por encima del lavabo), como cada mañana, estaba junto al lavabo, esperando a que mi madre me lavase la cara. Cada mañana lo hacíamos así: Me levantaba, me ponía delante del lavabo y mi madre me lavaba la cara. Pues eso fue así hasta un día. Un día en el que estaba yo esperando a que la mano mojada de mi madre acabase de despertarme, pero mi madre se entretuvo con otra cosa. Entonces yo exclamé: – ¡A ver!. A lo que mi madre respondió: – “A ver”, ¿qué?. – ¡Que me laves la cara! – Me apresuré a aclarar. Y ahí mi madre, además de enviarme un mensaje educativo, comprendió que había estado haciendo una barbaridad al hacer ella algo que tenía que haber estado haciendo yo sin ninguna ayuda.

Comprenderéis ahora por qué mi hijo de año y medio me pasó la mano por la cara, en sentido figurado, siendo capaz no sólo de lavarse él sólo la suya, sino también, lavando la mía, como me hacía mi madre cuando yo era (no tan) pequeño.

Así que, en realidad, mi madre acabó descubriendo el camino de la pedagogía Montessori por su propia cuenta y sí que puedo decir que desde aquel día, “mi madre me educó de una manera muy Montessori”.

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