Después de un mal día, se te ha echado el tiempo encima y además no has podido comprar aquel ingrediente esencial que necesitabas para hacer la cena, así que estás intentando improvisar alguna cosa con lo que hay en la nevera, pensando en la hora a la que vais a cenar hoy y en que el peque todavía está sin bañar y que cuando se le pasa la hora de irse para cama, la cosa se complica. Es entonces cuando oyes: “catachof”,  y descubres que el peque ha tirado al suelo la aceitera con el aceite usado. ¡Genial! Justo lo que necesitaba: ¡un charco de aceite!

Aceite derramado

Entonces te sale de dentro un grito que coge desprevenido al peque y a ti mismo y reaccionas sobre la marcha: “AAAAAAAAAyyyyyyyy…. que se cayó el aceite…! sin dilación, coges a tu hijo para evitar que se bañe vestido en el charco de aceite y simulando calma lo mejor que puedes, le explicas: “Vamos a salir de aquí, porque el aceite mancha mucho”, y en un suspiro lo sacas de la cocina, lo dejas en la sala con la esperanza de que se entretenga un ratito y le explicas: “Ahora papá va a limpiar el aceite, ¿tú juegas aquí un poco, vale?”. Como todavía no habla, lo más que hace es asentir y ponerse a jugar. Suficiente.

Pues venga, te pones a limpiar aquello: papel de cocina, bayeta, ya no sabes con qué limpiar… entonces aparece el peque, que lejos de quedarse jugando en la sala, se acerca y te ofrece un cepillo suyo. Te saca una sonrisa, le preguntas: ¿limpio con ésto? Asiente. “Graciaaass…” y haces como que limpias. Se lo devuelves: “Gracias, ya lo puedes volver a guardar”. No, quiere ayudar limpiando él…

El momento de tensión ya ha pasado, el estropicio ya está limpio y puedes seguir con la cena. Repasas mentalmente: hacer la cena, cenar, lavar los dientes, baño, pijama (papá y peque cansados, va a ser un drama poner el pijama) y luego a ver si no da mucha guerra para dormir. Ahora el peque está en otra alacena. Ha sacado el pan de molde y se ha subido con los dos pies encima. – Bueno… – piensas – a mí me gusta aplastado. Entonces cae al suelo (y cae bastante fuerte, por cierto… como si alguien lo hubiese lanzado) un bote de sacarina, que se esparce por toda la cocina… sin poderlo evitar, sin saber cómo, exhalas otro grito de desesperación: “AAAAAAAAAAyyyyyyyy… otra cosa que se ha caído…”. Quieres llorar. Le explicas: “Se ha caído al suelo y ahora lo tenemos que limpiar…”

Sacarina esparcida

Hay veces que es muy difícil mantener la calma y ser un papá o una mamá Montessori… pero se hace lo que se puede. Respiremos, mañana tendremos un día mejor.

¿Y a tí? ¿te ha pasado alguna vez una historia parecida?

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