María Montessori daba mucha importancia al juego como estrategia en el aprendizaje y por ese motivo ideó materiales orientados al aprendizaje y la experimentación de una forma lúdica. Sin embargo, como vengo diciendo en otros posts, no hace falta utilizar un material concreto para estar aplicando la filosofía Montessori, sino que es algo que se puede hacer con cualquier actividad del día a día. Hoy traigo otro ejemplo de cómo pueden ocurrir cosas maravillosas si abrimos nuestra mente.

Cambio de paradigma: dar libertad para explorar el mundo que les rodea.

Como somos todos padres (y madres, por supuesto) muy implicados en la crianza y con la intención de pasar “tiempo de calidad” con nuestros hijos, es posible que sin quererlo, guiemos en exceso sus juegos y sus actividades. De modo que si veo que mi hijo coge un libro, uno grande y caro, de hojas de papel que él puede romper, me puedo sentir tentado a invitarlo a que miremos ese libro juntos. Entonces me encargaré de ir pasando las páginas y de ir nombrando todo, estimulando así el habla.

Pues bien, es una opción perfectamente válida, no digo que no, pero ¿qué pasa si en lugar de eso tomo aire y lo dejo a él jugar? ¿Qué hará entonces?

¿Dejarles hacer lo que quieran? ¿Dónde está el límite?

Es posible que se cumplan nuestros peores presagios y destroce el libro, así que tenemos que estar alerta para detener la actividad si se descontrola. Básicamente, cuando planteamos una actividad como hacer trasvases o jugar con bloques de madera, nosotros lo dejamos experimentar como quiera, sabiendo (en el caso de los trasvases, por ejemplo) que la mesa, el suelo, la ropa, la pared, el radiador y todo lo que está próximo, acabará mojándose/manchándose. Le indicamos que la zona en la que puede verter agua es dentro de la bandeja que le colocamos, pero sabemos que acabará echando agua por fuera. Si lo hace adrede, lo detenemos o lo reconducimos, pero muchas veces no es voluntario, sino que está concentrado en verter con una jarra, pero por falta de práctica y coordinación, la vierte por fuera. En esos casos, es perfectamente consciente de que quería verterla en un sitio y ha ido a parar a otro. No es necesaria nuestra intervención. Podemos volver a mostrarle cómo lo hacemos nosotros, y lo haremos tal y como debería hacerlo él, es decir: Es posible que nosotros podamos hacerlo con una mano, pero si él va a tener que usar las dos, nosotros lo haremos con las dos, porque él intentará imitarnos.

¿Qué puede pasar si le dejamos explorar?

Mientras aproveche la oportunidad para jugar y divertirse, estará aprendiendo acerca de cómo funciona el mundo. En el mejor de los casos puede, además, ocurrir algo maravilloso:

 

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